Historia

    “La villa de Petilla de Aragón, jurisdicción de este Reyno de Navarra, con todo su respeto a V.E. expone: Que a resultas de una batalla muy sangrienta ocurrida en el siglo doce, entre el Rey de Navarra y el de Aragón, fue vencido éste con mucha pérdida.  Y en recompensa del terreno que le ganó, le cedió a perpetuo de esta Villa con sus términos, no obstante de hallarse internada cuatro leguas en dicho Reino de Aragón y circunvalada por todas partes con territorio suyo”.

 

 

     Pero la verdad histórica es muy otra. Ni hubo tal batalla ni Petilla fue incorporada a nuestro Reyno de Navarra hasta el siglo XIII. Fueron los apuros económicos del Rey de Aragón –Pedro II- los que obligaron a éste a pedir un fuerte préstamo al tan valiente como buen administrador Sancho el Fuerte de Navarra, cuyas arcas estaban bien repletas, a juzgar por las muchas prestaciones y compras de heredades y lugares que hizo durante su reinad (esto puede comprobarse a la vista de los Cartularios y documentos de Comptos del rico Archivo General de Navarra).


     A cambio de 20.000 maravedises de oro (“bono auri et recti ponderis” -dice el documento-), empeñó el rey de Aragón a favor del de Navarra los castillos y villas de Petilla, Peña, Escuo y Gallur (“castra mea cun villis et terminis suis el pertinenciis suis et ómnibus feminis qui ibi sunt”), dejándolos en guarda a Jimeno de Rada, señor de Rada. Al no devolver dicha cantidad en el plazo fijado -para la Navidad-, dichos lugares pasaron definitivamente a poder de Sancho el Fuerte. Jaime el Conquistador –el gran amigo del rey navarro- reconoce definitivamente el hecho consumado, a la vez que enajena más castillos y tierras, en virtud de nuevas prestaciones pecuniarias.

 

     La suerte de Petilla quedaba desde entonces ligada a la de Navarra, con todos los azares que podían traerle su excepcional y delicada situación. En 1.312 sufre el asedio de los aragoneses, y los de Sangüesa –según Moret- se dirigieron al Rey en demanda de “un cabdillo que les cabdillase, et alguna poca gente”, con los cuales “riscarnos hiamos a probar nuestra usada suerte para desitiar la citada villa et proveerla, que está en gran estricia”.


     El memorial a que hemos aludido dice de este suceso: “Desde el momento mismo en que los naturales de este pueblo fueron declarados navarros, reconocieron a su conquistador por rey, y como a tal le guardaron fidelidad. No pocas veces fueron sitiados por los aragoneses, pero en vano, porque en todas salieron victoriosos con el socorro de la gente de Sangüesa, especialmente en el citado año de 1.312, en que tuvo lugar la memorable y sangrienta batalla del Vado de San Adrián, ganando los sangüesinos una bandera del rey de Aragón.


     Petilla pagaba al Rey su pecha -50 cahíces de trigo-, que le fue perdonada a perpetuo por Carlos II en 1.366, teniendo en cuenta su pobreza y sus especiales circunstancias, no quedando obligados a dar más que los 30 que pagaban por el molino y horno. Contando solamente con los recursos de su escabroso suelo, solicitaron nuevas exenciones y ventajas, que les fueron concedidas por el privilegio real de 1.383, facultándoles para poder llevar de Navarra 300 cahíces de trigo, 200 cargas de vino, 10 de acero, 10 de hierro y cuanto necesitasen para sustentación, así como ganados para labrar sus tierras.


     Asimismo, quedaban exentos de toda imposición, como puede verse: “que los del dicho lugar de Petilla, no paguen ni sean tenidos de pagar imposición ni otra carga alguna a nos ni a nuestros subcesores, por bendiciones de ganado ni bestiar alguno, que hayan menester los unos de los otros para su provisión, ni para labrar, ni de pan, vino ni otras que les son o sean necesarias, ante que las vendan e puedan comprar e vender entre sí, dentro en la dicha villa francamente e quitamente, en la forma e manera que hasta ahora han usado e acostumbrado”.

    


 Carlos el Noble confirma en 1.389 estos privilegios, invocados por Petilla hasta el siglo XIX, en las frecuentes cuestiones derivadas de su situación, sobre todo por las aduanas. Las dificultades puestas por las oficiales reales a la salida de víveres y cosas de Navarra para su consumo, provocaron precisamente las quejas al Rey, con el resultado favorable que hemos visto. Con estas ventajas se premiaban además “los buenos e agradables servicios hechos a nos” (al Rey). En 1.402 fracasan los intentos para anexionar la villa a su antiguo Reyno, como se había decidido en la entrevista de Mallén, entre los reyes de ambos reinos “por tirar toda la scintilla de cuestión et contrast entre ellos”, según reza el documento.


     En 1.557, discute Petilla con Sangüesa al negarse a entregar a ésta 50 cahíces de trigo que habían apalabreado. Sangüesa se encontraba en extrema necesidad por la gente de armas estacionada allí en aquel momento, pero los de Petilla debían hallarse en parecidas condiciones y querían eludir el compromiso. Según aseguraban, “estaban en tanto trabajo, que en esta Cuaresma, muchas personas, por no tener otra cosa, comen carne”. No hubo más remedio que atender sus justas razones.


     De no ser por la protección de que disfrutaban, “hubieran abandonado la población por una deserción general”, decían en 1.828. No faltaron graves contradicciones por parte de los aduaneros aragoneses, sobre todo, en 1.599, 1.717 y 1.724, que fueron ventiladas favorablemente para Petilla, con la intervención del Baile e Intendente General de Aragón.


     La sentencia de 1.599 –relativa a importación de sal-, se expresaba así: “Pronunciamos y declaramos los vecinos y habitantes de la villa de Pitilla, en ella y en sus términos, y en particular en el Baztanes, poder usar sal de agua y piedra, y otra cualquiera en las salinas de Navarra, así para su mantenimiento, como para las demás cosas necesarias, salva y francamente, sin caer en pena alguna”. También insistían en que “como verdaderamente navarros, no pagaban ni contribuían en las cenas, facerías, sisas del Reyno (de Aragón) ni otros derechos reales que pagaban los aragoneses; ni estaban admitidos a cargos, honores ni beneficios, ni entraban en Cortes, juntas, capítulos ni cosas de aquel Reyno”.

 

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     Las declaraciones de los testigos consultados en 1.717, coincidieron en que, de no tener comercio libre con Aragón, como hasta entonces, sería imposible “mantener sus casas y haciendas los de la dicha villa de Petilla, siendo necesario el dejarla desamparada, sin vecino alguno”.


     Con motivo de la Guerra de Sucesión, Petilla pedía en julio de 1.706 auxilio al Virrey de Navarra en los términos siguientes: “Y con motivo de la rebelión que ha habido en el dicho Reino de Aragón, se halla la más próxima a ser invadida por los enemigos. Y porque en el amor y fidelidad, que siempre ha profesado a la real persona de Vuestra Majestad, desea por sí y sus vecinos, el hacer todas las defensas que a sus fuerzas alcanzaren, para lo cual se han formado y alistado todos los que son capaces de tomar armas. Y así, por faltarles las armas, que al presente se usan, como también balas, pólvora y otras municiones necesarias, y entre ellas 50 fusiles y bayonetas y demás adherentes, y no tener otras rentas para ocurrir a este gasto, que la que hacen sus yerbas y  aguas, que se hallan embargadas por sus acreedores censalistas. Y siendo la necesidad tan grande, parece que se les debe dar la providencia necesaria, para poder comprar dichas armas y municiones”. El Virrey contestó favorablemente y envió al síndico Ripalda con encargo de tomar las disposiciones necesarias para la defensa.


     Del comportamiento de los petilleses en esta guerra, a favor de Felipe V, nos habla elocuentemente el testimonio del Conde de Ayanz (Comandante de la frontera de aquel momento), que copiamos:


     “…Certifico y hago verdadera relación, que habiendo puesto S.M. (que Dios guarde) a mi cargo esta frontera de Sangüesa, la villa de Petilla, jurisdicción de este Reyno de Navarra, aunque está en el de Aragón, se ha mantenido siempre en la obediencia del Rey, Nuestro Señor, poniendo continuamente centinelas en los montes a su costa, y enviando espías a tierra del enemigo para adquirir y saber el estado de los rebeldes y sus designios, participándomelas siempre muy verídicas. Y dicha villa, con el motivo de ocupar los rebeldes la villa y castillo de Uncastillo, envió a su costa 20 hombres a incorporarse con las tropas que yo tenía para el sitio de Uncastillo.  Y habiendo logrado el entrar nuestras tropas en ella y desarmado a los vecinos, pasé con la misma gente a la villa Luesia, plaza de armas le los rebeldes, donde tenían más de mil hombres. Y después de recia oposición, les fue preciso a los rebeldes abandonar precipitadamente dicha villa, en que procedió la villa de Pitilla con indecible amor y celo al servicio de S.M. y a su costa. Y luego que se retiraron de esta función, volvieron a poner sus centinelas, abandonadas desde 26 de diciembre hasta 12 de enero, que con el motivo de arrimárseles los rebeldes en mucho número, les fue preciso salir todos los vecinos sin excepción de persona alguna. Y con diferentes ardites de cajas, y volver los vestidos al revés, y poniendo atrincherada toda la gente, hasta mujeres y niños, y fogatas, intentaron  ahuyentar a los rebeldes, aunque no lo pudieron lograr por el mucho número de los rebeldes que se apoderaron de dicha villa, saqueándola toda ella, llevándoseles sus ganados y dado fuego a toda la villa, con quema de diez y siete casas, sufriendo muchos malos tratos e ignominias, en el discurso de tres días que los rebeldes se mantuvieron en la dicha villa.

 

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     “Así mismo me consta que, porque se redujesen a la obediencia del Archiduque, les prometían muchas gracias, a que no quisieron condescender por mantener la innata fidelidad a S.M., en todo lo cual han gastado muchas cantidades y tenido muchos daños, porque considero a dicha villa de Pitilla, acreedora de las honras que S.M. se dignare hacerle. Y porque conste, di la presente, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas, en la ciudad de Sangüesa, a 22 de junio de 1707.- El Conde de Ayanz”.


     El ataque a la villa tuvo lugar el 24 de enero de 1707, por cuadrillas de catalanes con paisanaje, quienes entre otros desmanes –según el testimonio del oficial eclesiástico del arciprestazgo de la Valdonsella (al que pertenecía Petilla) –entraron en la iglesia parroquial y a bayonetazos destrozaron el archivo parroquial y municipal, allí guardado.


     Un grave problema se planteó en 1745, al exigir la Diputación a la villa el pago de cuarteles y alcabalas, de cuya carga alegaban estar exentos por el privilegio de Carlos II. El procurador de la villa, Lasterra, decía con tal motivo en su alegato: “… se halla situada dentro del de Aragón cuatro leguas, y su término circunvalado de sus lugares, tan corto y estéril, que los 30 vecinos de que se compone, apenas podrían mantenerse si no arrendasen para los sembrados, las tierras de los pueblos del expresado Reyno de Aragón. Carece de vino, aceite y ganado menudo, y de tiempo inmemorial, no ha pagado cuartel, alcabala ni otra imposición, por hallarse con un privilegio de franqueza, que el rey don Carlos le tiene concedido y confirmó su hijo, subcesor inmediato”.


Fuente: Idoate, Florencio: Rincones de la Historia Navarra, Tomo I. Todo lo anterior se decía en un memorial elevado por Petilla en 1.827.


Ayuntamiento de Petilla de Aragon - tel. 948 888 107

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